A Julia se le reían por su cuerpo, la maltrataban, la aislaban, la usaban para descargar penurias propias. Le hacían mucho daño. Hasta que un día, a Julia le dejó de importar. Dijo basta, se empoderó, brilló como jugadora de vóley, disputó torneos importantes, llegó a la selección argentina. Y recibió premios, algunos frente a esos mismos excompañeros que la atormentaron, tal vez un trago kármico que les sirvió el destino.
Julia creció deportivamente en Villa Dora. Hoy es psicóloga del deporte, escucha a varios jóvenes, quizás para guiarlos en un camino que a ella se le hizo difícil de transitar. “Actualmente aporto mi granito de arena acompañando a jugadores para que disfruten de sus años deportivos”. Y ese disfrute también pasa por alivianar las piedras que se van cruzando. Nadie mejor que la protagonista para contarlo en primera persona.
—Sin dudas el vóley me eligió a mí. Me vino a decir, en un momento muy difícil de mi vida (la adolescencia), que yo era valiosa por lo que hacía y no por cómo me veía. A mis 15 años comencé a practicar vóley en el Club Atlético Villa Dora. A las primeras prácticas iba con zapatillas de lona, pelo suelto y un short de jean. Cuando me cansaba de correr las 4 vueltas a la cancha de la entrada en calor, me sentaba. Estaba lejos de ser una promesa del vóley. En ese entonces Guillermo Orduna, entrenador de la selección argentina menor, tenía un plan de captación de chicas altas. Una concentración en Central San Carlos y mi 1.86 metro bastaron para volverme toda una apasionada de este deporte. Como dice el título de mi libro “El vóley me salvó”, en ese entonces bullyneada por mis compañeros de la escuela, el vóley me dio un propósito, un sentido. Me vino a decir que mis “defectos” eran virtudes. Me dio una identidad. Ya no era una adolescente promedio, era una jugadora de vóley. Y no cualquier jugadora, pertenecía a una élite.
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El efecto del bullyng y la culpa
—¿Cuándo comenzaste a sufrir bullying y qué explicación le encontrabas a ese padecimiento?, ¿te sentías culpable por las burlas o siempre supiste que el problema no eras vos sino los que te apuntaban con el dedo?
—Les creía que era fea y me odiaba por eso. Todas esas voces, las de mis compañeros, entraron en mi cabeza. Incluso cuando ellos no estaban las seguía escuchando. Dejé que otros me definan. La idea de mí misma era deplorable, sentía que no valía nada.
—¿Y en qué momento tu cabeza dijo basta y decidiste amarte y priorizarte?
—No sé qué hubiese sido de mí si no hubiese arrancado a jugar. La idea de mí misma tuvo un cambio radical e incluso en muy poco tiempo. De odiar mi cuerpo pasé a valorarlo, a quererlo, e incluso a elegirlo. Con él podía hacer lo que más quería y encima con una gran ventaja. Sentía que había encontrado mi lugar en el mundo. En ese entonces, entendí que yo era valiosa por lo que hacía y no por cómo me veía. Las palabras de mis compañeros ya no tenían peso sobre mí. Y ahí fue que me vi con otros ojos. Aprendí a quererme.
El rol de psicóloga de Julia Benet
—Hoy siendo psicóloga deportiva, supongo que le habrás buscado una explicación a todo lo que te pasó y que también le pasa a varios jóvenes. ¿Entendiste qué pasa por la cabeza de alguien que hace bullying?
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—Creo que todos somos víctimas en cierto punto. En la adolescencia somos vulnerables a la opinión de un otro. Si no somos víctimas de nuestros pares, somos víctimas de un sistema que te dice que no encajás para venderte cosas. Que te hace sentir que sos menos valioso si no tenés determinada ropa, o si tu cuerpo no se ve de determinada manera. Entonces tenés que comprar esta crema o producto para verte como ellos te dicen que te tenés que ver. Un sistema que lucra con nuestras inseguridades. Cada vez estoy más convencida de que cuando no tenemos un sentido en la vida, hacemos cosas sin sentido. O incluso muchas veces tomamos el sentido de otros y nos volvemos muy manipulables.
—¿Qué te genera que te llegue un mensaje y te diga que tu historia le sirvió a alguien?
—Es algo muy hermoso. Mediante mi historia lo que busco es aliviar. Conectar con otras personas que hayan pasado por lo mismo que yo y de alguna manera sanar. Creo que tenemos que empoderar a las víctimas. Yo lo logré mediante el deporte, pero tal vez haya otros que lo logren a través del arte, la música o alguna otra actividad que los llene. Es importante, sobre todo en la adolescencia, que algo o alguien nos haga sentir bien con nosotros mismos.
—En un contexto en el que hay familias que buscan la “salvación económica” a través de sus hijos deportistas, en muchos casos presionándolos, insultando en las tribunas porque no los ponen, agrediendo a los entrenadores, que lo único que logran es atentar contra la salud mental de los propios chicos. ¿Cómo se hace para acompañarlos en el proceso y que no los consuma esta vorágine?
—Hace poco tuve un caso de estas características. Una tarde llega al consultorio un padre de un jugador, se sienta en el sillón y me dice: “Yo sé que estoy haciendo las cosas mal, que lo presiono mucho. Por eso quería traerlo a las sesiones, para que vos lo ayudes”. Me preguntó qué cosas podía hacer él, para no reaccionar a los errores. Qué hacer después de que perdía o no jugaba tan bien como él esperaba. Le di un par de consejos y me dijo que lo iba a intentar. Solo tuvimos esa sesión con el padre. Y al parecer bastó esa sesión para, según lo que comentó, su hijo cambie por completo. Creo que muchos padres saben que es lo que tienen que hacer, pero a veces necesitan de estos espacios o charlas para escucharse y comprometerse con el cambio. Hoy en día los clubes se están abriendo a estos espacios de charlas y celebro eso. Hay un gran avance de la psicología deportiva en estos últimos años. Espero que siga en aumento.
Los ejemplos de Di María y Messi
—En otra parte de tu historia hablás de resiliencia. Te pongo el ejemplo de Angel Di María, que la pasó muy mal en un tramo de su carrera por críticas infundadas sobre su rendimiento en la selección. Hoy es campeón de todo y así no lo hubiese sido, tampoco le debe nada a nadie. Hablaste de este caso e hiciste hincapié en el apoyo familiar que tuvo.
—La historia de Angelito me parece hermosa. Pero creo que también es la historia de muchos jugadores. Hace poco que vengo incursionando en el mundo del fútbol. Es un ambiente muy desconocido para mí ya que vengo del palo del vóley. Pero hay un punto donde convergen todas las historias. Y es que al fútbol no llegan los mejores, sino los más fuertes de cabeza. Y, cuando me refiero a fuertes de cabeza, hablo de aquellos que no aceptan un “no” como respuesta. Que se caen y se levantan mil veces. Creo que detrás de cada chico que persiste, hay familias que apoyan. O que tal vez, a través del ejemplo, le enseñan a sus hijos que todo lo que quieran conseguir lo van a tener que hacer con esfuerzo. En el documental de Netflix de Angel, la madre comenta: “Un día, el técnico quiso hacer limpieza en el equipo, y me dijo: “Angel es un chico que no cabecea, es flaco y todos lo tiran. Necesita buscar otro club para su hijo”. Yo no estuve de acuerdo, le dije que de acá no me muevo, y me planteó: “Pues no jugará”. Le respondí: “Pues que no juegue entonces, pero él aquí seguirá practicando”. La vida en algún momento te golpea, ya sea de grande o de chico. Tenemos que forjar pequeños guerreros, que luchen con un propósito más allá de un resultado. Al fin y al cabo la vida no se trata de ganar, sino de intentarlo.
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—También mencionás a Leo Messi, pero aplica a cualquiera deportista consagrado, que te hace preguntar qué lo motiva a seguir jugando cuando ya ganó todo.
—Hace un tiempo subí un video de una entrevista a Leo. Le preguntan qué lo mueve a esta altura. Y él responde: “Disfrutar de esto, me siento cómodo, de ser feliz donde estoy, soy feliz estando con mis compañeros. A pesar de la edad, cuando estoy acá parezco un pibe”. Sin dudas, la verdadera motivación no está afuera, viene de adentro del ser. La que en un inicio encendió la llama y dio lugar a todo lo otro. Esa llama que se empezó a encender cuando no había reglas, ni árbitro, ni contratos, ni siquiera la misma cantidad de jugadores por equipo, donde la pelota estaba un poco desinflada y el arco se marcaba con dos zapatillas. El disfrute es la motivación más poderosa.
—Si viajaras en el tiempo, ¿qué le dirías a la Julia adolescente?
—Creo que no cambiaría nada. En las películas de los viajes en el tiempo, si uno estornuda o pisa una planta cambia absolutamente todo en el futuro. Las cosas se dieron como se tenían que dar. Y no sería yo si no fuera por las decisiones que tomé y cómo transite cada una de las experiencias que viví. Hoy en día me gusta la versión de mí misma. Lo único que si me gustaría decirle a esa Julia adolescente es que disfrute más el presente. Porque la vida del deportista es muy corta y muchas veces nos la pasamos pensando en el futuro y viviendo poco el momento. Siempre estaba pensando en el siguiente torneo, en cuando juegue con tal jugadora, cuando venga el verano y juegue la liga en tal equipo. Se nos pasa la vida deseando otra. Creo que está bueno querer más, pero también saber frenar y tener un tiempo para agradecer lo que tenemos y hemos logrado.