El sábado pasado, ante Champagnat por el Top 14, Santiago Casals llegó a los doscientos cincuenta partidos defendiendo la camiseta de la primera división de Atlético del Rosario. Es una cifra que no abunda, de esas que no se consiguen a la vuelta de la esquina. De hecho pocos pueden darse el lujo de contarla. Son quince años enteros metidos en el plantel superior de un club donde el rugby se toma con el corazón en la boca: se disfruta a rabiar y se sufre con la misma intensidad, sin concesiones.
Ese partido número doscientos cincuenta del tercera línea coincidió con la confirmación de que Atlético del Rosario seguía codeándose con los gigantes del torneo de la Urba tras un año bastante irregular.
De estirpe plazona
Santiago Casals es, de pies a cabeza, un hombre de estirpe plazona. Por sus venas corre esa sangre celeste y colorado clarete que le legó su padre, Jorge, más conocido como Tatá, un hombre que supo integrar los planteles superiores de Plaza Jewell en los setenta y ochenta, y que luego se desempeñó como mánager y colaborador en distintas divisiones y giras del club del pasaje Gould.
Apenas tenía seis años cuando Santiago probó suerte con el rugby infantil, pero aquella primera incursión no fue más que un espejismo que duró apenas tres domingos. “Papá, me aburro, no me gusta”, le soltó Santiago a Tatá como si nada, una frase que dolió como una puñalada en el pecho. Sin embargo, el amor de padre pudo más y aceptó la decisión con una sonrisa triste y el corazón partido.
Así comenzó el exilio del muchacho hacia el territorio del tenis, ese deporte donde no hay camaradería que salve al individuo, sino el enfrentamiento brutal con uno mismo. Entrenó en Palos Verdes bajo la atenta mirada de Luli Mancini y aguantó con la raqueta hasta los catorce años. Tenía ese bichito competitivo adentro, pero cada derrota se le hacía el fin del mundo, un silencio de plomo y absoluto. Jugó hasta los 14 años.
Un extenso recorrido
Fue por esa época cuando Santiago abandonó las aulas del Colegio Español para ingresar a la Brigadier López, colegio al que concurrían su primo y lo esperaban aquellos muchachos destinados a ser sus hermanos de camada. Fueron ellos los que lo tentaron para volver a las canchas.
El pibe aceptó el desafío y cruzó el umbral, aunque cargaba con una inoperancia trágica: se había olvidado de cómo se agarraba la pelota. Pero como en esas historias sencillas que siempre buscan un final feliz, ese intento de retorno le devolvió el alma al cuerpo al padre, que enseguida le enseñó los primeros secretos del juego e introdujo nuevamente su espíritu en el misterioso universo de la ovalada.
Así, en el ya lejano 2007, se sumó a la M15 que entrenaban el Manso Poet, Chicho Nogués y Poli Sbarra, y desde ahí no se bajó nunca más. Debutó contra Jockey Club Rosario jugando de ala, que siempre fue su lugar en el mundo dentro de la cancha.
Pablo Rota, que lo dirigió en la M16 y la M17, también puso su granito de arena al infundirle en su espíritu el aliento necesario para llegar a la mítica primera división, un sueño que persiguen muchos y alcanzan muy pocos. Para lograrlo hicieron falta renuncias invisibles, una obstinación mental feroz y un entrenamiento en soledad que fue modelando a un jugador versátil, capaz de batirse con la misma fuerza tanto en la segunda como en la tercera línea.
En 2011 le tocó ser capitán de la M19 y en 2012 llevó la cinta en esa inolvidable gira del club a Sudáfrica con tres categorías juntas: las camadas 92, 93 y 94. Ese mismo año ya pisaba el plantel superior de la Urba, jugando sobre todo en la M22, hasta que sobre el final del año ligó algunos minutos en la Pre “A” y entró desde el banco en la Intermedia.
En un año donde las lesiones lo tuvieron a maltraer, ante Champa Santiago alcanzó la inusual marca de 250.
En la máxima categoría
El 2 de marzo de 2013 jugó sus primeros minutos en la máxima categoría durante la “Copa FIAT” en Córdoba, en un cuadrangular con Córdoba Athletic, Jockey Club Córdoba y Maristas de Mendoza. Pero el debut de verdad, el oficial, fue el 4 de mayo de 2013 frente a Belgrano Athletic en Plaza, bajo la conducción técnica de Daniel Baetti, José Orengo y Fernando Marchiaro. Con apenas veinte años se encontró compartiendo la cancha con esos hombres que tanto había admirado desde la tribuna; y aunque los nervios cosquilleaban en la panza, metió uno de los tries tras una jugada que llamaban “Tiburón”, apoyando en el ingoal que da al rancho, marcando a fuego su entrada en la historia del club.
En su largo caminar por la máxima categoría conoció el sabor amargo de la decadencia en los descensos a la Primera A, pero también la embriaguez efímera y casi irreal del triunfo: la experiencia intransferible de devolver al club a la cima y el vértigo abrumador de la vuelta olímpica con amigos.
De entre todos esos años convulsionados, Santiago rescata el 2017 como un momento único en que las cosas parecieron cobrar un sentido perfecto. Durante esos meses llevó la cinta de capitán, Atlético del Rosario se consagró campeón del Nacional de Clubes B y la institución alcanzó la cifra mítica de 150 años de existencia. Una coincidencia casi milagrosa.
Los momentos verdaderamente oscuros de estos quince años no vinieron de las derrotas, sino de la fragilidad del propio cuerpo: las lesiones de 2015 (una fractura de peroné con desplazamiento que lo llevó directo al quirófano) y la de 2018, cuando la rotura de un hombro lo condenó a seis largos meses de aislamiento y penumbra fuera de las canchas. Los descensos, en cambio, lejos de destruirlo, fueron tragos amargos que la conciencia transformó en aprendizaje y temple, sirvieron para aprender de memoria cómo levantarse. En esta última temporada, la fatalidad de las lesiones volvió a ensañarse con su cuerpo, privándolo de la continuidad necesaria.
Pero sabiendo que en el rigor del rugby cualquier rendición es una traición a uno mismo, en los seis partidos finales logró sobreponerse a la adversidad para recuperar la plenitud de su juego. Y hoy continúa caminando hacia lo desconocido, consciente de que el peso de sus doscientos cincuenta batallas representa una fuerza valiosa que aún tiene mucho por entregar.